En Bahía Blanca, a pocos días del inicio del ciclo lectivo 2026, varias instituciones educativas volvieron a poner sobre la mesa un debate que crece año tras año: el uso del celular dentro de las aulas. La medida, que en algunos colegios implica guardar los dispositivos en cajas o retirarlos al comenzar la clase, cuenta con el acompañamiento de la Fundación Ser y Hacer, que desde hace años trabaja en la temática.
Romina Cavallo, referente de la entidad, explicó que se trata de “un abordaje diario” y aclaró que no existe una receta única. “No podemos tomar una medida igual para todos los colegios y decir ‘prohibir sí o prohibir no’. Cada comunidad educativa es distinta”, sostuvo.
Según detalló, la fundación promueve instancias de diálogo con familias, docentes y alumnos antes de avanzar con cualquier decisión. “Siempre es mejor cuando se puede pautar y consensuar. Si no, después aparece el reclamo de ‘cómo le sacaron el celular a mi hijo’”, señaló.
Cavallo remarcó que uno de los principales problemas detectados es la dificultad de autorregulación en niños y adolescentes. “Mientras más estén con pantallas, menos ganas van a tener de agarrar un libro o una fotocopia en blanco y negro para leer”, afirmó, y explicó que existe un componente biológico: “El cerebro todavía no tiene desarrollado completamente el lóbulo prefrontal, que regula la planificación y el control de impulsos. Si están continuamente con estímulos y recompensas, como notificaciones o juegos, la atención sostenida cuesta muchísimo más”.
La preocupación no se limita al rendimiento académico. Desde la fundación advierten sobre efectos en la salud mental. Cavallo recomendó a las familias la lectura de La Generación Ansiosa, donde —según indicó— se exponen estadísticas vinculadas al aumento de ansiedad, depresión y autolesiones en adolescentes, especialmente en mujeres, asociadas al uso excesivo de pantallas.

En paralelo, se abre otra discusión: qué hacer con los recreos y tiempos libres. “El celular invisibiliza y anestesia emociones. El recreo también es un momento formativo. Ahí el docente puede observar dinámicas, quién está aislado, quién es excluido, quién come solo”, explicó. Por eso, en algunas instituciones evalúan ofrecer alternativas como deportes, juegos de mesa o espacios de lectura. “Y si no, también es volver al aburrimiento. ¿Qué problema tenemos con que nuestros hijos se aburran?”, planteó.
En cuanto a la implementación, no hay un modelo único. Algunas escuelas optan por guardar los celulares en cajas, otras en lockers, y en ciertos casos permanecen en las mochilas, aunque —según reconocen— esa modalidad perdió efectividad. “Ya estamos pasando de tenerlo en la mochila a que se guarde al comenzar la clase y se retire al salir”, indicó.
Cavallo también señaló que existen realidades diversas, sobre todo en establecimientos donde los alumnos no cuentan con otros dispositivos tecnológicos. “Hay docentes que dicen ‘yo necesito trabajar con el celular porque los chicos no tienen otra herramienta’. Entonces se puede pautar: de tal hora a tal hora se utiliza para una actividad concreta y después se guarda. Es una enorme responsabilidad, pero hay que verificar que ese tiempo sea realmente pedagógico”, afirmó.
Finalmente, puso el foco en el rol de los adultos. “Si el chico está en la escuela, la responsabilidad es de la escuela. También somos nosotros, los padres, los que tenemos que dejar de escribirles o llamarles en horario de clase”, subrayó. Y concluyó: “No se trata de competir con la tecnología, sino de educar con la tecnología”.
