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Un enfermero que se curó de tuberculosis y dedicó su vida a los pobres: la historia de Artémides Zatti, santo de la Patagonia

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Esta sección de “Milagros Argentinos” me lleva a Río Negro con la alegría de conocer la historia del “enfermero de la Patagonia”. Lo primero que siento al bajar del avión es viento frío que me pega de frente pero, en seguida, la calidez de la gente parece desmentir la temperatura de un invierno duro. Es impresionante pero está claro al recorrer las calles que hay una figura que flota en el aire de esta ciudad, en el nombre de sus avenidas, en las placas de los hospitales y en el recuerdo colectivo: Artémides Zatti, el enfermero de los pobres, el hombre que convirtió la devoción en acción diaria y que hoy es oficialmente santo para la Iglesia Católica.

​Conocer los lugares por donde anduvo Don Zatti es un ejercicio de memoria viva. En el corazón del complejo salesiano, donde funcionó el emblemático Hospital San José, la presencia del enfermero todavía es palpable. Fue allí donde montó su trinchera contra la enfermedad, la miseria y el olvido. No había hora, ni clima, ni camino imposible cuando de asistir a un enfermo se trataba: arriba de su bicicleta negra, con el maletín de cuero atado al cuadro y el guardapolvo blanco flameando, cruzaba la ciudad a cualquier hora de la noche.

​Sentada en la capilla del antiguo complejo, Ana María, a sus 86 años, acomoda una manta sobre sus piernas. Tenía apenas seis años cuando cruzó mirada por primera vez con Zatti, pero el recuerdo permanece nítido, como si hubiera ocurrido ayer.

​“Yo estaba muy enferma con una fiebre alta que no cedía y mi mamá no tenía ni un centavo”, relata Ana María con la voz quebrada y los ojos brillantes. “Él llegó a casa de noche, pedaleando contra el viento. Me tocó la frente, me sonrió y le dijo a mi mamá: ‘Tranquila, que a esta criatura la cuida Don Bosco’. Nos dejó los remedios, no nos cobró un solo peso y antes de irse nos dejó pan. Para nosotros, no era un médico; era como un pariente más que venía a cuidarnos”.

Ana María, a sus 86 años, acomoda una manta sobre sus piernas. Tenía apenas seis años cuando cruzó mirada por primera vez con Zatti, pero el recuerdo permanece nítido, como si hubiera ocurrido ayer. (Foto: captura de Eltrece.)

​Esa cercanía definió la obra de Zatti. Nacido en Italia en 1880 y migrado a la Argentina de muy joven, sintió la vocación religiosa desde temprano. Sin embargo, tras contraer tuberculosis cuidando a un sacerdote enfermo, hizo una promesa a la Virgen María: si se curaba, dedicaría toda su vida al cuidado de los enfermos en la Patagonia. Se curó, y a partir de ese momento, el Hospital San José y la farmacia salesiana se convirtieron en su hogar y su misión. Administró el hospital con una capacidad organizativa admirable, sin rechazar jamás a un paciente por falta de recursos.

Arriba de su bicicleta negra, con el maletín de cuero atado al cuadro y el guardapolvo blanco flameando, Don Zatti cruzaba la ciudad a cualquier hora de la noche. (Foto: captura de Eltrece.)

​El camino a la santidad: los dos milagros

​Para llegar a los altares, la Iglesia exige la verificación rigurosa de hechos extraordinarios que no tengan explicación médica o científica. En el caso del enfermero de Viedma, dos intervenciones decisivas marcaron su proceso de canonización:

​El primer milagro (Beatificación – 1980): Ocurrió en la ciudad de Córdoba con la curación milagrosa del joven seminarista salesiano Carlos Bossio. El joven padecía una septicemia grave con peritonitis aguda, un cuadro irreversible que lo tenía al borde de la muerte. La comunidad salesiana invocó la intercesión de Artémides Zatti y, de manera repentina e inexplicable para la medicina, el cuadro infeccioso cedió por completo, logrando una recuperación total sin secuelas.

​El segundo milagro (Canonización – 2011): Ocurrió en Filipinas y tuvo como protagonista a un hombre de 56 años que sufrió un accidente cerebrovascular (ACV) isquémico masivo, complicado por un hematoma intracraneal grave. Ante la falta de recursos económicos de la familia para afrontar una cirugía de alto riesgo, los médicos le dieron el alta para que pasara sus últimos momentos en su hogar. Su hermano, un coadjutor salesiano, comenzó a rezarle fervientemente a Artémides Zatti pidiendo por su vida. Horas después, el paciente experimentó una reversión completa de los síntomas, recuperando el habla y la movilidad sin que quedara rastro ni secuela del daño cerebral registrado en los estudios previos.

​Viedma hoy no solo recuerda a Zatti como el enfermero de la bicicleta, sino como la encarnación de la solidaridad pura. En un mundo acelerado, la figura del hombre que encontraba a Dios en cada cama de hospital y en cada callejón de barro sigue siendo, para esta comunidad patagónica, el faro más luminoso.

Esta entrada ha sido publicada el 3 de septiembre, 2026 08:46

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