
A nadie le resulta un misterio: comés rápido, tomás una gaseosa, y ahí nomás aparece la clásica “liberación de aire”.
Eructar forma parte del combo normal de la digestión, una manera que tiene el organismo de sacarse de encima el aire que se acumula en el estómago o en el esófago.
El problema empieza cuando ese gesto cotidiano se vuelve constante, incómodo o va acompañado de otras molestias, porque ahí puede estar avisando que algo en el sistema digestivo no anda del todo bien.
Según las directrices del Servicio Nacional de Salud británico (NHS), una persona puede eructar hasta 30 veces por día sin que eso implique ningún problema. Otras fuentes médicas ubican el número normal, sumando eructos y flatulencias, en torno a los 21 episodios diarios. Más allá de la cifra exacta, el criterio que realmente importa es otro: si la frecuencia empieza a interferir en la vida cotidiana, si aparece de forma repentina o si se repite sin motivo aparente, ya vale la pena prestarle atención.
“Piensa en el eructo como una válvula de alivio de presión”, grafica el gastroenterólogo Omar Khokhar, especialista radicado en Estados Unidos, para explicar el mecanismo básico: cuando se junta demasiado aire en el estómago o el esófago, el cuerpo lo libera por esa vía. El propio especialista distingue dos tipos bien diferentes:
“La diferencia clave radica en que el eructo gástrico es una cuestión de volumen, mientras que el eructo supragástrico es un comportamiento y un reflejo recurrente”, agrega Khokhar.
Entre las causas más habituales aparecen los sospechosos de siempre: bebidas con gas, comer demasiado rápido, masticar chicle, fumar, tomar con sorbete o directamente tragar aire de más sin darse cuenta —lo que en medicina se llama aerofagia—.
También suman lo suyo ciertas verduras (brócoli, repollo, coliflor, cebolla) que al digerirse generan más gas del habitual, además del estrés y la ansiedad, que llevan a tragar saliva y aire de forma inconsciente.
Pero cuando el eructo viene acompañado de acidez, dolor abdominal, hinchazón o cambios en el tránsito intestinal, la lista de sospechosos cambia de categoría: ahí entran en juego el reflujo gastroesofágico, la gastritis, el síndrome de intestino irritable o el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (conocido por sus siglas en inglés, SIBO).
En esos cuadros, el eructo no es la enfermedad en sí, sino apenas la punta visible de un desequilibrio digestivo más amplio.
Los especialistas coinciden en una recomendación de sentido común: si la acidez aparece casi todos los días durante tres semanas o más, si hay pérdida de peso sin explicación, dificultad para tragar o sensación de bulto en el abdomen, no hay que demorar la consulta.
Del otro lado, para los casos más leves alcanza con ajustes simples: comer porciones más chicas, masticar con la boca cerrada, bajar el consumo de gaseosas y evitar acostarse enseguida después de una comida abundante.
En definitiva, eructar de más no es ninguna tragedia, pero tampoco conviene naturalizarlo sin más. Escuchar al cuerpo —y, si las señales se repiten, ponerle nombre y apellido al problema con ayuda profesional— sigue siendo la mejor estrategia.
Esta entrada ha sido publicada el 8 de julio, 2026 11:17
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