San Cayetano, este año, con barbijo

Debido a la pandemia del coronavirus no habrá en 2020 fieles frente al templo de Liniers. Una postal impensada para venerar al patrono del pan y del trabajo.

¿Viene a pedir o a agradecer? La pandemia dejó sin respuesta a la trillada pregunta con la que los cronistas tratamos de simplificar año a año el complejo fenómeno religioso-cultural-social de la adhesión popular a San Cayetano, que llegó hace siglos de la lejana Italia para convertirse en el santo más criollo y amigo de los argentinos. Liniers no se reconoce. El templo está cerrado y valladas las calles que cada 7 de agosto se llenaban con multitudes de hasta un millón de fieles, ansiosos por encontrarse cara a cara con San Cayetano, el único capaz de convertir la desesperación en esperanza. 

El santo que contagió fe desde que llegó hace un siglo y medio al barrio, pasa su día en soledad y se puso imaginariamente barbijo para evitar el contagio del Covid 19, que hubiera hecho estragos en la muchedumbre apiñada durante horas, sin hablar del cristal que protege la imagen venerada que, con las huellas de tantas caricias sobre caricias, habría sido un reservorio letal del virus. 

Pienso en la frustración y el vacío de quienes después de décadas de asistencia convirtieron en componente esencial de sus vidas el alimento espiritual del encuentro anual con San Cayetano, y hago propias esas sensaciones después de treinta años de cubrir religiosamente cada 7 de agosto el prodigio de devoción popular, con complacencia rayana en la adicción. Entonces recuerdo que la noche de la vigilia previa al encuentro exhala un cálido olor, mezcla del aroma de la comida en preparación con el que surge de los braseros crepitantes, que combaten el frío que corta la piel de los fieles y calientan el agua para el mate compañero, que ellos comparten conmigo en la alegría comunitaria de la espera. 

En las calles desbordadas el clima es de animación. Aunados por la devoción al santo, los devotos exponen a flor de piel los sentimientos mejores. Llevan la credencial  de su condición en las ropas humildes, las manos callosas, la sonrisa buena. Aguardan plácidos el momento lacerante del sacrificio de la ofrenda de la larga marcha de rodillas hasta el patrono. Aunque muchos acarrean la pesada carga de sus problemas, prevalece la alegría. La procesión va por dentro. San Cayetano proveerá. 

Este año no podrán verse imágenes como esta por el aislamiento social (DYN)
Este año no podrán verse imágenes como esta por el aislamiento social (DYN)

Cuántos conocerán que Cayetano de Thiene fue un hijo de condes, abogado antes que  sacerdote; que dedicó su vida a servir a los pobres y enfermos, hasta que fue proclamado santo por el papa Clemente X, y la Iglesia lo proclamó patrono de la Providencia?  El Santo que en Italia fue patrono de la Providencia por su auxilio milagroso a pobres y enfermos, en la Argentina se convirtió, en medio de la crisis socio-económica del ´30, en Patrono del Pan y del Trabajo. El párroco Domingo Falgioni (1928-1938) mandó imprimir una estampita en la que agregó una espiga al Santo con el Niño en brazos. El poderoso símbolo del pan fue irresistible para los necesitados y desocupados que lo adoptaron masivamente.

Lo había traído a la Argentina hacia mediados del 1700 la hoy beata Mamá Antula, y llegó a Liniers por obra de las Hermanas Hijas del Divino Salvador -la congregación que ella fundó- que construyeron en 1785 el templo en el que hoy se lo venera. Pienso que no hay santo más legítimo que aquél  que el pueblo consagra con su veneración. A las 0 en punto se cumplió el rito de la apertura del portón externo del templo. En forma virtual como impone, despótico, el coronavirus. No hay una multitud ansiosa por entrar, ni el enjambre de periodistas que recién hace algunos años refleja el rito. El mismo que hace tres décadas me tocaba transmitir en soledad, en exclusiva. Como los fieles no vienen a su encuentro, San Cayetano sale al encuentro de ellos por los medios electrónicos del templo. 

Pero no es lo mismo. Evoco mi deslumbramiento cuando hace mucho tiempo descubrí por vez primera la magnificencia de la cola, cuyo final excedía con creces el polideportivo de Vélez Sarsfield, en la avenida Juan B. Justo. Con el camarógrafo trepamos a la autopista para reflejarla en toda su magnitud. Entonces no contábamos con el dron, pero la desocupación ya sobrevolaba funesta sobre los argentinos.  El avance de la cola de San Cayetano –que fue creciendo año a año en democracias y dictaduras,  en crisis recurrentes o en tiempos de módicas bonanzas-, tiene algo de majestuoso. Lenta, paso a paso y en ocasiones detenida la de quienes tocarán el cristal que protege al Santo, para dejarle su pedido y/o su agradecimiento. Más fluida la de quienes al entrar al templo lo saludarán al paso, desde dos o tres metros de distancia. 

San Cayetano 2020 sin filas de fieles frente al templo de Liniers (DYN)

En la movilización que hoy se añora,  los peregrinos llevan pesadas imágenes de yeso del santo, y las velas rituales. Pero crecientemente también cargan paquetes con alimentos. La devoción se completa con solidaridad. Desde hace décadas el templo de San Cayetano brinda alimento espiritual y material. El comedor da quinientas raciones por día. El coronavirus no impidió la cola de la necesidad, que cada día es más larga. El Santo que se hizo popular en el contexto de una crisis, convivió con muchas otras en la historia reciente. Siempre hubo (y habrá) necesidad de trabajo y pan para muchos en la Argentina. Pero a lo largo del tiempo percibí que es otra necesidad la que convoca principalmente a los devotos, la de creer, la de confiar en quien no los vaya a defraudar. 

Extraño el contacto en la puerta del templo con los fieles que con naturalidad me integraron crecientemente a las vivencias emotivas que experimentan cada 7 de agosto, con el saludo familiar y afectuoso, hasta lograr conmoverme. Este año la pandemia nos privó de la imagen de la Argentina real que brinda San Cayetano. Con cerca del cincuenta por ciento de pobreza muchos habrían querido pedir (o agradecer) por el trabajo, y muchos no hubieran podido acudir por no tener para el pasaje. Un pueblo de carne y hueso que, clarividente, implora por trabajo, no por dádivas, en actitud que merecería ser inspiración para los gobernantes. 

Un silencio religioso reemplaza en este peculiar 2020 al bullicio y la música de la fiesta habitual en homenaje al Santo frente al templo de Cuzco 150. Pero en mis oídos no deja de resonar el himno en el que los fieles imploran…”San Cayetano, danos la paz, danos trabajo, danos el pan”, aunque más urgente suena la canción alegórica de Peteco Carabajal: “El que debe responder no ha de ser San Cayetano, los que deben responder están mirando a otro lado”. Amén! 

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